Elevator Self-Portrait · Photography · Digital Mixed Media · OCT 2026 · 01

Elevator Self-Portrait · Photography · Digital Mixed Media · OCT 2026 · 01

Autorretrato digital de Rodrigo Cornejo en un ascensor, con tres representaciones del artista e iluminación roja y verde.

Identificador de obra

RC-2026-001

AÑO

2026

Técnica

Fotografía, Intervención Digital, Mixed Media

Autorretrato realizado en el interior de un ascensor, donde los reflejos, la geometría del espacio y la composición fotográfica transforman una escena cotidiana en un ejercicio de exploración visual. La intervención digital amplía las posibilidades expresivas de la imagen, estableciendo un diálogo entre la representación personal, el espacio y su reinterpretación artística.

Autorretrato digital de Rodrigo Cornejo en un ascensor, con tres representaciones del artista e iluminación roja y verde.

El selfie, el ego y la visibilidad

Robert Cornelius. Autorretrato, 1839. Daguerrotipo.

Hay curiosidad y vanidad en hacerse un autorretrato.

La necesidad de representar nuestra propia imagen, de mirarnos en un espejo buscando nuestra identidad, es bastante anterior a los teléfonos móviles y a las redes sociales. Durante siglos, los artistas nos hemos utilizado como modelos, unas veces por razones prácticas, otras por experimentación y, naturalmente, también por el deseo de dejar constancia de nuestra existencia. La trascendencia, esa aspiración que ha quitado el sueño a tantos artistas.
En 1839, apenas unos meses después de que se anunciara públicamente el daguerrotipo, Robert Cornelius realizó uno de los primeros autorretratos fotográficos conocidos. La tecnología era rudimentaria y requería varios minutos de exposición. Sin embargo, la intención resulta perfectamente reconocible casi dos siglos después: ponerse delante de una cámara y conservar la propia imagen.

La palabra selfie llegó mucho más tarde. Su primer uso documentado se remonta a 2002, en un foro australiano de internet. En 2013, Oxford Dictionaries la eligió palabra del año. Para entonces, millones de personas habían incorporado el autorretrato a su vida cotidiana.

Instagram y la construcción de nuestra imagen

Instagram, lanzada en 2010, no inventó el selfie, pero contribuyó a convertirlo en un lenguaje de comunicación masivo. La fotografía dejó de ser únicamente un recuerdo para convertirse también en una forma de presencia pública. Ya no mostramos solamente dónde hemos estado o qué hemos hecho. Mostramos quiénes somos, cómo queremos ser percibidos y qué parte de nuestra vida decidimos compartir. Y aquí aparece una cuestión que me interesa especialmente: la relación entre identidad, comunicación y reconocimiento. Una red social no es simplemente un álbum de fotografías. Es un espacio donde construimos relaciones, proyectamos una imagen y buscamos, de una manera u otra, la atención de los demás. La presencia física, especialmente el rostro, facilita ese reconocimiento. No es imprescindible para tener seguidores, pero puede contribuir a establecer una relación más cercana con una audiencia.

Admito mi ego

Llevo más de cuarenta años haciendo fotografías y, aunque nunca me he considerado fotógrafo, he utilizado mi propia imagen en numerosas ocasiones.
Hay razones prácticas. Soy un modelo disponible, paciente y gratuito. Puedo repetir una toma cuantas veces necesite, experimentar con la composición y trabajar sin tener que explicarle a nadie lo que estoy buscando.
Pero sería poco sincero quedarme solamente con esa explicación.
Admito mi ego. Me gusta reconocerme en una imagen que considero bien construida. Me gusta verme de una determinada manera y, por supuesto, hay una satisfacción personal cuando esa imagen recibe atención o reconocimiento.
No creo que eso tenga nada de extraordinario. Todos necesitamos, en mayor o menor medida, sentirnos reconocidos. La autoestima también se alimenta de la mirada de los demás, aunque conviene no convertir esa mirada en su único sustento.

La audiencia

He explorado, en décadas pasadas, la idea de que «la obra se termina en el ojo del espectador».
Admitiendo que soy un creador digital, también debo reconocer que hoy mi espacio de exposición se mide, en buena parte, en métricas y difusión.
No me interesa coleccionar seguidores. No es ese el tipo de popularidad al que aspiro. Me interesa construir una audiencia a la que mostrar mi trabajo, mis proyectos y con la que compartir públicamente mis ideas y experiencias.
Sería absurdo ignorar que la visibilidad tiene un valor.

No necesito inventarme una justificación trascendental para hacerme un autorretrato.
A veces basta con querer estar ahí, delante de la cámara, y tener algo que decir.

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