El selfie, el ego y la visibilidad
Hay curiosidad y vanidad en hacerse un autorretrato.
La necesidad de representar nuestra propia imagen, de mirarnos en un espejo buscando nuestra identidad, es bastante anterior a los teléfonos móviles y a las redes sociales. Durante siglos, los artistas nos hemos utilizado como modelos, unas veces por razones prácticas, otras por experimentación y, naturalmente, también por el deseo de dejar constancia de nuestra existencia. La trascendencia, esa aspiración que ha quitado el sueño a tantos artistas.
En 1839, apenas unos meses después de que se anunciara públicamente el daguerrotipo, Robert Cornelius realizó uno de los primeros autorretratos fotográficos conocidos. La tecnología era rudimentaria y requería varios minutos de exposición. Sin embargo, la intención resulta perfectamente reconocible casi dos siglos después: ponerse delante de una cámara y conservar la propia imagen.
La palabra selfie llegó mucho más tarde. Su primer uso documentado se remonta a 2002, en un foro australiano de internet. En 2013, Oxford Dictionaries la eligió palabra del año. Para entonces, millones de personas habían incorporado el autorretrato a su vida cotidiana.
Instagram y la construcción de nuestra imagen
Admito mi ego
Llevo más de cuarenta años haciendo fotografías y, aunque nunca me he considerado fotógrafo, he utilizado mi propia imagen en numerosas ocasiones.
Hay razones prácticas. Soy un modelo disponible, paciente y gratuito. Puedo repetir una toma cuantas veces necesite, experimentar con la composición y trabajar sin tener que explicarle a nadie lo que estoy buscando.
Pero sería poco sincero quedarme solamente con esa explicación.
Admito mi ego. Me gusta reconocerme en una imagen que considero bien construida. Me gusta verme de una determinada manera y, por supuesto, hay una satisfacción personal cuando esa imagen recibe atención o reconocimiento.
No creo que eso tenga nada de extraordinario. Todos necesitamos, en mayor o menor medida, sentirnos reconocidos. La autoestima también se alimenta de la mirada de los demás, aunque conviene no convertir esa mirada en su único sustento.
La audiencia
He explorado, en décadas pasadas, la idea de que «la obra se termina en el ojo del espectador».
Admitiendo que soy un creador digital, también debo reconocer que hoy mi espacio de exposición se mide, en buena parte, en métricas y difusión.
No me interesa coleccionar seguidores. No es ese el tipo de popularidad al que aspiro. Me interesa construir una audiencia a la que mostrar mi trabajo, mis proyectos y con la que compartir públicamente mis ideas y experiencias.
Sería absurdo ignorar que la visibilidad tiene un valor.
No necesito inventarme una justificación trascendental para hacerme un autorretrato.
A veces basta con querer estar ahí, delante de la cámara, y tener algo que decir.